viernes, 23 de enero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button

Por si alguien no lo sabe, la nueva película de David Fincher cuenta la historia de un niño que nace con su ciclo vital invertido, es un bebe con la condición física de un ancianito de 80 años: cataratas, artritis, entre otras cosas. Motivo por el cual es abandonado por su adinerado padre en las escaleras de una casa de reposo, dirigida por Queniee (Taraji P. Henson) una mujer de raza negra. En rigor la pelicula (libre adaptación de un cuento de Francis Scott Fitzgerald) comienza con Daisy (el amor de Button, interpretada por Cate Blanchett) en el lecho de muerte, esta última le cuenta la historia de un relojero que tras perder a su hijo en la primera guerra mundial, construye un reloj gigante que camina hacía atrás, después le pide a su hija Caroline (Julian Ormond) que lea una suerte de diario de vida de Benjamin, donde cuenta la historia de su vida. Así es como nos convertimos en espectadores de la vida completa de Benjamin Button, la primera hora del film pasa volando, y no tiene discusión, es impecable en cuanto a la recreación de una época y los efectos con los cuales se caracteriza físicamente al protagonista. En este tramo observamos la formación del personaje, la toma de conciencia de su realidad y su apertura al mundo y las emociones que este contiene.
Pasada esa primera hora comienza lo mejor, porque Fincher salta de un tono y un ritmo a otro a lo largo del metraje, obviamente la primera parte funciona como reloj: el primer trabajo de Benjamin en un barco, su primer polvo, su encuentro con el alcohol y la amistad. Pero pasado ese tramo de tiempo el film baja las revoluciones, y observamos como un Benjamin de carácter mucho más concreto comienza a lidear con emociones más fuertes como un romance clandestino con Elizabeth Abott (una siempre talentosa Tilda Swinton, que no cojea ni en bodrietes como Constantine y lo que sea de Narnia, y que para rematar también actua en la última de los Cohen), o tomar parte en la segunda guerra mundial y observar como fallecen sus amigos. Y es que uno de los valores altos del film es su capacidad de poner en escena a un personaje mucho más complejo al mismo tiempo que pone en escena momentos de mucha intensidad, variando sus códigos y su lenguaje de un momento a otro ( la escena en que Daisy baila solo para él es realmente notable y hay más erotismo contenido en ese momento que en instantes de mayor intimidad). Esa capacidad para variar el ritmo y el tono, en cada tramo de la vida de Benjamin es uno de los aciertos del film, el cual técnicamente funciona a la perfección con una fotografia sobria, en la medida en que no busca generar imágenes iconicas (salvo algunos momentos mínimos), obra del chileno Claudio Miranda. Los efectos especiales solo aparecen cuando son estrictamente necesarios y bajo ninguna circunstancia ganan mayor protagonismo. Y es que la narración es natural a lo largo del metraje, de hecho el director jamás opta por planos y angulos demasiado elaborados. La mejor prueba de ello es la última escena de Benjamín expuesta sin ningun tipo de artilugio o exceso, un momento anticinematografico.

Sin duda alguna el mayor valor del film despierta al apreciarlo en su conjunto, porque todos los esfuerzos están puestos para lograr poner en escena la vida de una persona en su totalidad, siendo el tiempo y la muerte los temas dominantes de la pelicula. Esa conciencia de la muerte que existe desde el principio (con un niño envejecido que no sabe cuanto vivira) hasta el final, ya que al juvenecer Benjamin, el envejencimiento de quienes lo rodean es aún más explicito., esto último cancela cualquier comparación majadera, con otros films. Y la presencia del tiempo es obvia, esta el mismo Benjamín, el reloj que anda hacía atrás, y la progresión temporal es lo que le da unidad a la película que atraviesa casi todo el siglo veinte. Sin embargo una imagen enigmatica ocurre cuando el reloj que anda hacía atrás es cambiado por uno digital, la imagen es de gran elocuencia, el reloj antiguo, analogico, posee las doce horas, solo doce números bastan para llevar la cuenta de una vida completa y el reloj analogico nos ofrece la imagen en su plenitud: sea la hora que sea todos los números están ahi, como si el pasado, el presente y el futuro puedieran ser contenidos en una sola imagen. Mientras que un reloj digital solo avanza hacía adelante, es solo movimiento porque no podemos ver ni las horas que se han ido, ni las que vienen. Quizás esa imagen del reloj define y contiene el film en su totalidad, la posibilidad de observar una vida completa en toda su vastedad (casi todo el siglo veinte), en una época donde el tiempo es solo velocidad. Además la historia de Benjamin es invocada a partir de la lectura de su diario, y es el acto de leer una de las pocas acciones cuyo tiempo no puede ser definido.