viernes, 17 de septiembre de 2010

Carriers

Hipersensibilidad. Sientes el frío atravesar tu piel, el esmog de Santiago despedaza tu nariz y la gente que camina por el centro sin tocarse y sin mirarse destroza tu paciencia. Flota en el aire una celebración pomposa y marketera que alude a nuestra identidad y a lo que somos con discursos marcados por la hipercorrección y la alusion a tres colores y una serie de signos con los que harias una fogata para calentarte las manos, porque estas fuera de eso. En tu interior hay un terremoto emocional y sentimental, es un sismo de proporciones, pero como pasa con los sentimientos, puede que las casas y los edificios se queden en el lugar de siempre, y sus habitantes ni se enteren de que su mundo pudo quebrarse. Caminas sin rumbo negandote a experimentar los lugares comunes de la historia, al mismo tiempo que silencias y te guardas los gritos que profieren tus entrañas, los signos vitales porque cuando los sentimientos se mueven es el cuerpo quien habla, antes de que tu cabeza le ponga nombre al movimiento telúrico.
En medio de ese choque de fuerzas, decides poner tu cabeza en suspensión por un par de horas, por eso te gusta ir al cine de manera intempestiva, para quebrar el tiempo y la realidad en el instante en que esta apunto de pasar todo y nada al mismo tiempo. Lo sorprendente es la cantidad de sincronias que puedes establecer entre tu hipersensibilidad y un film. Quien hace la película es quien la ve, quien la fagocita y la mezcla con sus recuerdos, enganchando sensaciones e imagenes que serán y que fuerón a un film que quizás no tiene nada que ver con esa maraña de pensamientos. Una Isla desierta rodeada de barcos fantasmas a la deriva, que constituyen un terreno nuevo en tu geografía personal. En esta oportunidad el film se conecta escandalosamente con tus sentimientos, no es que te veas reflejado en la pantalla, sino que es más profundo, son las emociones y los sentimientos desprovistos de cualquier máscara lo que se pasean por la pantalla, los identificas y los desnudas en tu cabeza porque lo más impresionante es el disfraz. Hay más verdades en una buena película de terror que en un biopic, los sentimientos son mas verdaderos en una película de género que en un documental, porque los géneros y las subespecies cinematograficas, asumen su derrota y parten del delirio. Porque a veces en eso se convierten ciertas emociones y sentimientos que no puedes poner en palabras; en delirios y sueños afiebrados, en imagenes sueltas y deseos dispersos que no puedes hacer salir a flote.
Carriers parece ser el debut anglo de los hermanos David y Alex Pastor, tipos a tener en cuenta que se despacharon una película donde lo que menos importa es la sangre y el gore, donde no interesa el miedo, lo que esta por encima de eso, son las cadenas invisibles que nos atan unos con otros y que a veces se quiebran fácilmente. Un par de hermanos con un par de chicas viajan en un auto con un par de tablas de surf, directo a un paraiso idilico donde los hermanos pasaban el verano entre las olas y el pan con jaiva. El mundo se fue a la mierda, porque un virus acaba con la gente, te vuelve algo putrefacto apenas te toca, te roza o lo respiras. Y cuando alguien es contagiado tienes que alejarte de él irremisiblemente. El virus no tan sólo destruye tu cuerpo sino que hace estallar la red de emociones que unen a los personajes, el virus saca lo peor de nosotros, pero a escala humana. Nada de canibalismos ni retrocesos al pleistoceno, la verdadera tragedia en Carriers es tener que abrir la puerta del auto y obligar a que el nuevo infectado se baje para poder seguir tu camino, la facilidad con que en apariencia se destrullen los sentimientos y las relaciones humanas, cuando la muerte y la putrefacción es inminente. Carriers es una road movie atipica, casi poética donde también pueden ocurrir situaciones ya vistas, como el grupo de hombres que sobreviven y quieren secuestrar un par de chicas para satisfacerse, un padre que quiere salvar a su hija, pero todo se deshace y se pierde, todo se ahoga en la perplejidad de un cielo azuloso que presencia la tragedia imperterrito. La carretera lo borra todo cuando ya no pasa nada, cuando ya no hay ninguna historia posible, el último aliento de vida es sólo un recuerdo idilico al que aferrarse, con la convicción de que las olas seguiran golpeando la tierra aunque desaparescamos.